Por Eduardo Frontado Sánchez

Resulta inmensamente reconfortante volver al espacio físico donde, como ser humano, has sido profundamente feliz en distintos aspectos de tu vida. Para mí, particularmente, ese lugar es Colombia: un país donde todo parece conjugarse de forma perfecta para que exista un equilibrio entre el deber y la felicidad; no solo una felicidad visible en el rostro, sino una que nace desde el alma y que simplemente no se puede ocultar.

A mediados del mes de marzo tuve el gusto de regresar a Colombia en el marco de una gira con mi libro Desde mi esquina. Fue una experiencia profundamente significativa, no solo por los fructíferos encuentros con la prensa, sino también porque me permitió abrir un espacio para airear el alma y atender algo igual de importante: el bienestar físico, mental y emocional de la persona que soy.

Cada uno de esos logros responde, sin duda, a una combinación de voluntad y disciplina. Pero también forman parte de una trayectoria que, aunque se construye desde Venezuela —país que es mi hogar, donde están mi casa y mi estabilidad—, encuentra en Colombia un lugar especial de expansión y bienestar. Porque si Venezuela es mi hogar, Colombia es mi lugar feliz. Y a veces, para sostener la estabilidad, también hay que cuidar la parte emocional, física y mental de uno mismo; y esa parte, en ocasiones, necesita salir a respirar, a reencontrarse, a pasear.

Nada de lo vivido en este viaje habría tenido el mismo significado si no hubiese contado con la compañía de Teresa Sánchez González, mi madre, pero también mi socia y mentora. Su presencia ha sido fundamental en mi camino, no solo porque entiende y acompaña cada uno de mis pasos, sino porque también ha sabido mostrarme el lado más amable de la vida, sin que eso implique dejar de ser un hombre productivo, enfocado y comprometido con su propósito.

Colombia, en esta oportunidad, significó mucho más de lo que alguna vez pude imaginar. Me encontré con una Colombia distinta: una Colombia madura, amplia, donde puedo desenvolverme con naturalidad y autenticidad en mis distintas facetas, ya sea como consultor, como speaker o simplemente como un ser humano que quiere crecer, aportar y seguir construyéndose.

Y es precisamente allí donde cobra valor la parte humana del ser humano, valga la redundancia. Quizás esa es la dimensión más importante de todas: la capacidad de buscar equilibrio entre lo que debemos hacer y lo que realmente queremos hacer. Ese equilibrio solo se alcanza cuando entendemos que la vida es un proceso y que cada quien decide si lo transita desde la amargura o desde la amabilidad.

En mi caso, prefiero pensar que vivir no es sobrevivir sin propósito, sino todo lo contrario: vivir en el sentido más pleno de la palabra, con la intención de servir, de impactar, de transformar y de dejar un mensaje útil para los demás.

Estoy convencido de que necesitaba con urgencia este reencuentro con lo que soy, con aquello que no dejo de ser, pero que en Colombia se fortalece de manera especial. Cada vez que estoy allí, siento que me nutro y crezco no solo como profesional, sino también como persona. Y regreso con nuevas metas, nuevas ideas y nuevos objetivos por cumplir.

Aunque mi camino como speaker y consultor no se ha desarrollado de forma lineal —y ha tenido, como todo proceso humano, sus altos y sus bajos—, hoy siento que estoy frente a una etapa distinta. Percibo puertas abiertas, no solo por la madurez que he alcanzado o por el trabajo constante que he puesto en mis sueños, sino porque también siento que el mensaje que tengo para compartir es hoy más sólido, más claro y con mayor capacidad de impactar positivamente a otros.

Si hablamos de nutrir el alma, puedo decir que cada anécdota vivida, cada momento compartido y cada oportunidad disfrutada en este viaje ha sido mucho más que una experiencia grata: ha sido un aprendizaje profundo. Y mucho de ese aprendizaje ha nacido del privilegio de reencontrarme con mi madre no solo desde el vínculo familiar, sino también desde la admiración mutua entre dos profesionales que se complementan, se impulsan y se acompañan hacia un objetivo común.

Siempre he creído que lo humano nos identifica y que lo distinto nos une. Y sigo convencido de que el verdadero propósito de la vida está en encontrar ese delicado equilibrio entre lo que queremos hacer y lo que debemos hacer; en transformarnos a nosotros mismos mientras también contribuimos a transformar a los demás, a través de conexiones poderosas que alimenten el alma y le den sentido al camino.

También puede leer: