
Por Esteban Jaramillo Osorio
James tiene un don que no se apaga, su calidad técnica en el manejo del balón.
En Colombia hay un plan y una ilusión. Con el balón y con espacios es talento e inspiración.
Ante Portugal, con fútbol, con dominio, con llegadas sin resolución, pidió pista y aclaró el camino en el mundial.
Destacada actuación para someter a su debilitado rival y al perfumado Cristiano Ronaldo, quien, en fuga, por la firmeza de los centrales colombianos, Sánchez y Lucumi, se refugió en los rincones del ataque portugués.
El veneno arbitral se robó un triunfo. La maldita milimetría del VAR, difícil de explicar y de entender, que vio de payaso el zapato de Dávinson, para anular una jugada de gol.
No fue el de Colombia un recital de fútbol, pero sí, un reconfortante encuentro con el estilo envolvente de su juego.
Chapado a la antigua que soy, o romántico en desuso, siento un placer visual, casi sensorial, cuando James y Quintero miman el balón.
Cuando simplifican las maniobras con precisos pases, que llegan de una inteligente visión de juego que comunica su talento con el ataque.
Cuando, con desbordada fogosidad, Daniel Muñoz, los Arias, Jhon y Santiago, asociados con Gustavo Puerta, se tragan los kilómetros, asustan a los rivales y tocan las puertas del gol.
Más allá del desánimo que siembra Lucho Díaz, escalones abajo, alejado de su rendimiento habitual.
Por lo visto, no es Colombia un país favorito para ganar el mundial. Pero tiene fútbol para acercarse a las ambiciones de las grandes potencias. Lejos, puede llegar.
Las adulaciones desmesuradas tras su actuación, por su consolidación técnica, el fútbol construido desde el balón, las buenas maneras en los toques, la circulación del balón, la proyección ofensiva y el pánico de los rivales, causan daño.
El elogio debe expresarse con serenidad y mesura. Con sensatez en la evaluación.
Colombia, con el alma, encara el mundial, consciente de que debe evolucionar, especialmente por sus dificultades para definir.
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