Por Carlos Cantor www.biciurba.com

En la mañana del lunes 10 de agosto cuando miles de colombianos comenzaban sus labores diarias de trabajos, colegios, algunos comercios, bueno, el planeta nos recordó que la Tierra se mueve y que ante ella somos bastante frágiles y limitados.

Un fuerte terremoto sacudió buena parte del país y también fue sentido en naciones vecinas. Los primeros reportes hablan de una magnitud de 7,4 y de daños importantes en varias poblaciones del occidente colombiano, particularmente en Chocó y el Eje Cafetero, además de personas fallecidas y heridas. Como ocurre siempre después de un terremoto de esta magnitud, las cifras todavía pueden cambiar mientras avanzan las labores de búsqueda, rescate y evaluación de daños.

Pero más allá del susto, de las paredes agrietadas, de los edificios evacuados y de quienes lamentablemente perdieron la vida, queda una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia:

¿Qué sabemos de las grandes fallas geológicas que están debajo de nuestros pies?

Porque Colombia no está sola en este asunto. La superficie de nuestro planeta no es una pieza única. Está dividida en enormes placas tectónicas que se desplazan lentamente unas respecto de otras. Algunas chocan, otras se separan y otras se deslizan lateralmente. Cuando la tensión acumulada supera la resistencia de las rocas, la energía se libera en forma de terremoto. Y Latinoamérica está sentada, literalmente, sobre una de las zonas tectónicas más activas del planeta.

La cordillera de los Andes es, en buena medida, el resultado de ese gigantesco proceso: la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana. Desde Colombia hasta Chile, esa interacción genera una extraordinaria actividad sísmica y volcánica. En Chile, Perú, Ecuador y Colombia, los terremotos forman parte de la historia natural del territorio.

Colombia, además, tiene una geología particularmente compleja. Interactúan las placas Sudamericana, Nazca y Caribe, junto con diferentes bloques tectónicos y numerosas fallas activas. Por eso el Servicio Geológico Colombiano explica que nuestro país se encuentra entre los territorios con mayor actividad sísmica de América Latina. Aquí, sencillamente, tiembla todos los días, aunque la inmensa mayoría de esos movimientos sean tan pequeños que nadie los perciba.

Pero el fenómeno no termina en Colombia.

México está atravesado por la interacción de varias placas y por la zona de subducción del Pacífico. Centroamérica forma parte de un complejo sistema tectónico asociado al contacto entre las placas de Cocos, Caribe y Norteamérica. En el Caribe existen sistemas de fallas capaces de producir terremotos importantes, como ocurre en la región de Hispaniola, en el archipiélago de las Antillas Mayores. El propio Servicio Geológico de Estados Unidos describe allí una combinación de subducción, fallas transformantes y otros procesos tectónicos.

Más al sur, los Andes continúan siendo una gigantesca cicatriz geológica en movimiento. Perú y Chile han sufrido algunos de los mayores terremotos registrados por la humanidad. En Chile ocurrió, en 1960, el terremoto de Valdivia, de magnitud 9,5: el mayor terremoto instrumentado hasta ahora.

Y frente a semejante fuerza, el ser humano parece increíblemente pequeño. Pero hay algo que sí debemos hacer y es reducir sus consecuencias. Normas hay, desde las construcciones urbanas, guías para salir de edificios, ensayos y simulacros de cómo actuar en estas eventualidades, y hay que conocerlas y ponerlas en práctica.

Una ciudad bien planificada, construcciones que cumplan las normas sismorresistentes, infraestructura crítica preparada, sistemas de alerta, educación ciudadana, rutas de evacuación y una población que sepa cómo actuar pueden marcar la diferencia entre un movimiento de tierra y una tragedia. Porque el terremoto no tiene intención alguna de hacernos daño. No es enemigo de nadie. Simplemente es la Tierra acomodándose, liberando energía, haciendo aquello que lleva millones de años haciendo.

El problema aparece cuando nosotros construimos encima sin conocer suficientemente el terreno, cuando ignoramos las normas, cuando urbanizamos zonas de riesgo o cuando creemos que porque hace años no ocurrió una tragedia, mañana tampoco ocurrirá.

La bicicleta nos enseña algo parecido.

Cuando salimos a rodar sabemos que no podemos controlar el automóvil que aparece en la esquina, la lluvia que comienza de repente o el hueco que encontramos en la vía. Lo que sí podemos controlar es nuestra preparación, nuestra atención y la manera como respondemos.

Con los terremotos sucede algo parecido. La Tierra se mueve, eso no lo podemos cambiar, lo que sí podemos cambiar es qué tan vulnerables somos cuando decide hacerlo.

Colombia lo volvió a sentir y quizá la mejor manera de honrar a quienes fueron afectados no sea vivir con miedo, sino aprender. Porque debajo de nuestras ciudades, debajo de nuestras ciclorrutas, nuestras casas, nuestros edificios y nuestras carreteras, el planeta continúa moviéndose.

Siempre lo ha hecho, y lo seguirá haciéndolo mucho después de nosotros.

Recuerde esto y téngalo siempre listo…

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