Por Gilberto Castillo, Academia de Historia de Bogotá

De Javiera Lodoño, sabemos muy poco, casi nada, pero esta antiqueña valiente y decidida, contra todos los cánones establecidos para un poco después de  mediados del siglo XVIII, fue la primera en darles libertad a los esclavos negros no sólo en Colombia y América sino el en mundo. Lo hizo en 1766, treinta y ocho años antes de que Haití se declarara como el primer país sin esclavos. Cincuenta y cinco años antes de que Bolívar decretara la libertad de vientres, noventa años antes de que José Hilario López firmara la Ley del 21 de mayo de 1851 por la cual se abolía, de manera definitiva, la esclavitud en el territorio colombiano, y veintitrés años antes de que se diera la Revolución Francesa reclamando los Derechos Universales de Hombre.

Su decisión, en una época, en la cual la propiedad de esclavos representaba un gran patrimonio, no fue bien recibida en ninguna parte, menos en las zonas del municipio de El Retiro donde se estableció junto a su esposo Ignacio de Castañeda con quien no tuvo hijos. La única condición que puso para que los negros liberados fue que cada año celebraran una misa en su nombre, pero los beneficiados fueron más allá y resolvieron establecer la fiesta de los negritos que se realiza anualmente en El Retiro, entre el 26 y el 30 de diciembre, en honor de Javiera.  

Por lo de la Fiesta de los Negritos y el apellido Castañeda, es que algunos enlazan los carnavales de negros y blancos en Nariño con la fiesta de El Retiro, pues se afirma, sin que se haya comprobado plenamente, que la familia Castañeada, tan hospitalariamente recibida por los pastusos, inició su peregrinación en el oriente de Antioquia.

La decisión de la liberación, la registró Javiera en su testamento del 11 de octubre de 1776, declarando en las primeras líneas que lo hacía en sus reales cabales, anteponiendo a Dios Nuestro Señor como testigo y como dueña absoluta de su voluntad y “creyendo como creo en la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Incluso para ser más enfática y generosa en su decisión, cambió y amplió el estamento que había elaborado con su esposo en 1657 antes de la muerte de este, entregándoles propiedades y permitiéndoles utilizar el apellido Castañeda. A pesar de la obligatoriedad del matrimonio, impuesto por sus padres, según dicen, llegó a amar profundamente a Ignacio y una vez casados, se ubicaron en el valle Grande de San Nicolás y el Salado donde tuvieron grandes extensiones de terrenos.  

Lo que más unió a Javiera con sus negros no fue solo su personalidad extrovertida para la época, sino su deseo de enseñarles a conocer pasajes bíblicos y otros aspectos religiosos, y aquí surge otra duda, que puede ser importante o no, ¿si era iletrada?, pues para entonces leer y escribir  no era importante en una mujer. 

 Lo que sí, es que era noble, y a los diez y nueve años sabía manejar sus propiedades como el más experto capataz, lo que hacía que, montando a caballo, pues era una experte amazona, saliera con sus negros, en bullicio, a recorrer sus propiedades y a visitar los trabajos mineros y agrícolas que se realizaban. Tampoco tenía empacho en estar con ellos participando de sus fandangos o practicando sus bailes al lado de una hoguera, pues hasta tocaba el tambor, y no evitaba utilizar sus prendas y acompañarlos en sus prácticas ancestrales de África.  

Había nacido el 24 de abril de 1696.  Era hija del teniente general Juan Lodoño y Trasmiera De La Cuesta de Valencia y de Bárbara Zapata y Múnera, y al igual que sus hermanos Sancho, Juan José, Antonio y Agustín, heredó grandes extensiones de tierra que se habría de unir a las minas de plata y oro que heredó y compró junto a su marido y que estaban ubicadas en el aluvión de los ríos Pantanillo y la quebrada La Agudelo.

Gracias a su carácter decidido, hizo  con sus esclavos lo que  consideró debía hacer  y nunca fue acusada de brujería ni muchos menos por estar con ellos  compartiendo en todo momento, lo que sí causó controversia fue su decisión de liberar a los ciento cuarenta que eran de su propiedad,  ya que los de su clase lo veían como un pésimo ejemplo, pero  y Javiera supuso esto, y como defensor de su causa para cuando muriera, nombró al reverendo Fabián Sebastián Jiménez Fajardo párroco de Marinilla, y no se equivocó, porque su testamento fue demandado ante la Real Audiencia de Santafé de Bogotá  por varios encomenderos y terratenientes encabezados por el cura de  Rionegro Pablo de Villa,  quienes adujeron que la doña no estaba en sus cabales cuando dictó, su voluntad,  pero el cura  Jiménez Fajardo y otros  dijeron valer sus voces declararon, enfáticamente, que a sus setenta y un años, el 2 de octubre  de 1767,   cuando entregó su alma al Creador era  totalmente lúcida y dueña de su voluntad. La Real Audiencia desestimó la demanda y dejó en firme  la voluntad de esta mujer, convertida, con mucho orgullo para Colombia, en la primera abolicionista en la historia de la humanidad.

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