Por Eduardo Frontado Sánchez

Como seres humanos, muchas veces no somos plenamente conscientes de la profundidad del significado de la palabra liderazgo en toda su esencia y humanidad. Desde que venimos al mundo, la labor de nuestros padres ha sido liderarnos desde la autogestión: en cada etapa de nuestras vidas nos brindan la oportunidad de asumir algún tipo de responsabilidad con nosotros mismos y con el entorno que nos rodea.

Debo confesar que el proceso de autogestionarse no es fácil de comprender. Al desarrollarse de manera natural a lo largo de la vida, muchas veces no somos conscientes de él hasta que llegamos a la adultez. La autogestión no implica no cometer errores ni evitar equivocaciones; por el contrario, cuando se asume como un proceso normal, los errores forman parte del aprendizaje y se subsanan con el recorrido, la experiencia y el crecimiento personal.

“Tomar las riendas de la vida” es una frase que puede parecer trillada, pero para comprender realmente su significado debemos ser capaces de autogestionarnos y entender cómo queremos transformar nuestra existencia y qué legado deseamos dejar.

La autogestión no depende únicamente de que nuestros padres, en cada etapa de nuestro desarrollo, nos otorguen responsabilidades. También exige una toma de conciencia clara sobre lo que significa autogestionarse y alcanzar, en la medida de lo posible, una verdadera independencia.

Es necesario diferenciar entre la autogestión auténtica y la mal llamada independencia. La independencia sin herramientas, sin preparación y sin un liderazgo personal sólido no es sostenible. Bajo esta perspectiva, la verdadera autogestión ocurre cuando una persona se encuentra preparada física, mental y emocionalmente para enfrentar su realidad con los recursos disponibles, sin que esta se convierta en un golpe devastador.

Asimismo, la autogestión no excluye el acompañamiento. Todos necesitamos figuras que sirvan de guía en momentos de caos; en mi caso particular, mi madre siempre ha sido esa presencia orientadora capaz de señalar el camino en circunstancias difíciles.

En la vida son inevitables los momentos de quiebre y de incertidumbre. Sin embargo, es precisamente allí donde emergen nuestras herramientas más sólidas y se revela nuestra verdadera capacidad de autogestión: levantarnos, autorregular nuestras emociones y encontrar en el caos una oportunidad de crecimiento.

La autogestión también puede generar miedo e incertidumbre, pero como seres humanos debemos aprender a gestionar estas sensaciones y convertirlas en oportunidades, evitando que nos paralicen y avanzando con aprendizaje y fortaleza.

Ser verdaderamente autónomo implica también comprender que, sin importar la etapa de la vida en la que nos encontremos, el propósito no es convertirse en una carga para los demás, sino ser una fuente de estímulo, apoyo y orientación para quienes nos rodean, dentro de nuestras posibilidades.

El éxito de un líder que se autogestiona reside en su capacidad de integrar las herramientas que la vida le brinda para vivir plenamente, disfrutar su tiempo y dejar una huella positiva en los demás. Porque, en definitiva, lo humano nos identifica y lo distinto nos une.

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