Por Carlos Cantor www.biciurba.com

Los terremotos tienen una particularidad que pocas tragedias poseen: además de destruir edificios, calles, puentes y barrios, pueden destruir las certezas con las que una ciudad fue construida. Y cuando la tierra obliga a comenzar de nuevo, aparece una pregunta incómoda pero inevitable: ¿reconstruimos lo que había o aprovechamos la tragedia para construir una ciudad mejor?
América Latina conoce demasiado bien esa pregunta. Durante los siglos XX y XXI, Valdivia, Chillán, San Juan, Mendoza, Managua, Ciudad de México, Yungay, Armenia, Puerto Príncipe, Pisco, Maule y numerosas ciudades de Guatemala, El Salvador y Ecuador han sufrido terremotos que dejaron miles de muertos y enormes pérdidas materiales, pero también dejaron algo menos visible: conocimiento.
San Juan, Argentina, es quizá uno de los ejemplos más interesantes. El terremoto de 1944 destruyó alrededor del 90 % de la ciudad y produjo una tragedia humana de enormes proporciones. La reconstrucción significó prácticamente comenzar de nuevo y permitió incorporar criterios urbanísticos y constructivos que antes no tenían la misma importancia.
La ciudad fue replanteada con calles más amplias, nuevas áreas verdes, espacios abiertos y una arquitectura sometida progresivamente a criterios antisísmicos. El parque dejó de ser solamente un lugar para caminar o descansar: en una emergencia puede convertirse en espacio de reunión, evacuación y protección.
Esa es una de las grandes lecciones que dejan los terremotos: un parque también puede ser infraestructura de emergencia.

La experiencia de San Juan y de otras ciudades sísmicas argentinas muestra que la seguridad no está solamente en el edificio que resiste el movimiento. Está también en lo que ocurre alrededor de él. Calles suficientemente amplias para permitir el paso de ambulancias y vehículos de emergencia, redes de servicios que puedan recuperarse rápidamente, puentes diseñados para soportar movimientos fuertes, espacios públicos que permitan evacuar y sistemas de transporte capaces de funcionar cuando una parte de la ciudad queda comprometida.
Mendoza también tiene una larga historia de terremotos y reconstrucciones. Allí la arquitectura tradicional de adobe demostró sus enormes vulnerabilidades y, con el tiempo, la ciudad fue incorporando criterios constructivos más exigentes. Su conocida estructura de acequias, arbolado y espacios verdes ofrece además una particular relación entre infraestructura, paisaje y habitabilidad.
La lección no consiste en copiar literalmente el modelo mendocino o sanjuanino. Consiste en entender su filosofía: la ciudad debe ser diseñada pensando también en el día en que ocurra aquello que nadie quiere que ocurra.
Chile ofrece otra enorme escuela. Después de terremotos como los de Chillán, Valdivia y Maule, el país fortaleció progresivamente sus normas de construcción sismorresistente. El terremoto de 2010, de magnitud 8,8, volvió a demostrar la importancia de contar con edificios, puentes, carreteras y sistemas de infraestructura capaces de soportar grandes movimientos.
En Ciudad de México, el terremoto de 1985 dejó una enseñanza diferente: no basta con mirar el edificio; hay que mirar el suelo. La capital está construida, en buena parte, sobre los antiguos sedimentos del lago de Texcoco, que pueden amplificar determinadas ondas sísmicas. Por eso, la ingeniería sísmica también implica conocer profundamente el territorio antes de decidir qué, dónde y cómo construir.
Yungay, en Perú, recuerda una verdad todavía más elemental: algunas veces no basta con reconstruir. Hay lugares donde reconstruir exactamente en el mismo sitio puede ser una equivocación. La ciudad quedó sepultada en 1970 por un alud provocado por el terremoto y la inestabilidad del nevado Huascarán. Allí la geografía terminó siendo una advertencia mucho más poderosa que cualquier plano urbano.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la ciudad que estamos construyendo hoy? Mucho.
En América Latina existe una tendencia a medir el progreso urbano por la cantidad de metros cuadrados construidos, la altura de los edificios, el número de apartamentos vendidos o la velocidad con que aparecen nuevas torres. Parece que una ciudad moderna fuera, necesariamente, una ciudad llena de edificios de veinte, treinta o cuarenta pisos.
Pero después de un terremoto la pregunta cambia. Ya no importa tanto cuántos pisos tiene el edificio, sino qué tan seguro es, cómo se evacúa, qué ocurre con los edificios vecinos, por dónde llegan los equipos de rescate, dónde se reúne la población, cómo funciona el transporte y qué sucede con los servicios esenciales.
No significa que construir en altura sea necesariamente malo. La densificación puede ser una herramienta útil para evitar que las ciudades continúen extendiéndose sobre áreas rurales y ecosistemas. El problema aparece cuando la altura se convierte en sinónimo de progreso y se olvida que la ciudad también necesita espacio, árboles, parques, corredores ambientales, transporte público eficiente y lugares seguros para caminar y pedalear.
Tal vez deberíamos aprender de quienes tuvieron que reconstruir después de perderlo casi todo. Una ciudad preparada para terremotos debería pensar en sus avenidas como corredores de emergencia, en sus puentes como piezas fundamentales de continuidad urbana, en sus parques como refugios temporales, en sus edificios como estructuras que deben proteger vidas y no solamente multiplicar metros cuadrados.

Y debería pensar también en algo que en BiciUrba nos interesa especialmente: cómo se mueve la gente cuando la ciudad está en emergencia. Una buena red de ciclorrutas puede convertirse en mucho más que una infraestructura para desplazarse diariamente. Si está bien diseñada, conectada, señalizada, iluminada y rodeada de áreas verdes, puede formar parte de una red urbana alternativa cuando determinados corredores viales queden bloqueados.
La bicicleta no reemplazará ambulancias, bomberos, transporte masivo ni vehículos de emergencia. Pero una ciudad con múltiples formas de movilidad tiene mayores posibilidades de mantener conectada a su población cuando una de ellas falla. Por eso, reconstruir después de un terremoto debería significar mucho más que levantar nuevamente lo que se cayó. Significa preguntarse qué hicimos mal antes de que la tierra nos obligara a detenernos.
Cada terremoto es una tragedia. Pero después de la tragedia aparece una oportunidad extraordinaria: construir una ciudad que no solamente sea más moderna, sino más segura, más humana, más verde y más preparada.
San Juan y Mendoza muestran que a veces hay que sacrificar unos cuantos pisos para ganar seguridad. Hay que sacrificar algunos metros de cemento para ganar parques. Hay que sacrificar protagonismo del automóvil para ganar transporte público. Y quizá haya que sacrificar la obsesión por construir cada vez más alto para recuperar algo que las ciudades modernas parecen haber olvidado: el derecho de las personas a vivir en una ciudad diseñada primero para protegerlas y después para venderles un apartamento.
Porque la verdadera modernidad urbana no debería medirse en pisos. Debería medirse en vidas protegidas.
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