Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg

Un edificio lleno de personas no necesariamente es una comunidad.

Los edificios modernos pueden tener prácticamente todo.

Gimnasio, terraza, zona de barbecue, salón comunal, parque infantil, recepción las veinticuatro horas, cámaras, ascensores y espacios diseñados precisamente para encontrarnos con otros y sin embargo, podemos vivir durante años a pocos metros de decenas de personas sin saber cómo se llaman.

Quizás allí existe una contradicción sobre la que vale la pena pensar, hemos aprendido a construir edificios extraordinarios, pero no necesariamente hemos aprendido a construir comunidades.

Desde el punto de vista de seguridad existen procedimientos, señalización, extintores, rutas de evacuación y responsabilidades que deben atender administraciones y residentes.

Hay protocolos, lo que muchas veces no existe con la misma claridad es algo mucho más sencillo: comunicación entre las personas que viven allí.

Hay edificios donde ni siquiera existe un canal general que permita comunicarse de manera rápida y cordial entre residentes. En otros existe un grupo de WhatsApp, pero termina reducido a mensajes administrativos, avisos o información operativa.

Tal vez estamos desaprovechando una herramienta extraordinaria, un grupo de comunicación podría ser mucho más que un tablero de anuncios, podría ser el comienzo de una comunidad.

No se trata de llenar el teléfono de mensajes ni de obligar a nadie a participar. Mucho menos de invadir la privacidad de los demás, se trata de crear oportunidades para que las personas comiencen a reconocerse.

“Soy Andrés, vivo en el 403”. “Acabo de llegar al edificio”. “Este sábado vamos a iniciar un pequeño club de lectura”. “Si alguien quiere caminar en las mañanas, varios vecinos estamos pensando hacerlo”.

“Hay una charla sobre historia en el salón comunal”. Mensajes aparentemente pequeños pueden construir algo enorme: conexión.

Resulta curioso que muchos edificios tengan salones comunales magníficos y que permanezcan vacíos buena parte del tiempo y los llamamos precisamente salones comunales.

Quizás deberíamos detenernos un momento en esas dos palabras.

Salón y comunidad.

No tienen que utilizarse solamente para una fiesta de cumpleaños o una reunión de copropietarios.

Podrían ser lugares donde exista un club de lectura, una conversación sobre cine, una tarde de juegos de mesa, una exposición de fotografías de los propios residentes, una charla sobre viajes, tecnología, cocina, historia o cualquier tema que permita descubrir quién vive cerca.

Probablemente aparecerían sorpresas, en el apartamento de arriba podría vivir alguien que pasó treinta años trabajando en un tema fascinante.

En otro piso puede haber una persona que toca guitarra, y a unos pocos pasos un vecino podría saber muchísimo de jardinería.

Otra persona podría querer aprender algo que alguien más está dispuesto a enseñar sin  salir del edificio.

Tenemos una enorme cantidad de talento, conocimiento, historias y experiencias encerradas detrás de puertas que solamente se abren para entrar y salir.

Esto no es importante únicamente para las personas mayores, una persona joven puede salir temprano en la mañana, regresar tarde después de una jornada de trabajo exigente y pasar buena parte de su semana hablando casi exclusivamente con compañeros laborales, tiene cientos de contactos en su teléfono, pero quizás muy pocas personas con quienes tomarse un café simplemente para conversar. 

También están quienes llegan a otras etapas de la vida, los hijos se fueron, el trabajo terminó, una separación cambió la rutina, la pareja ya no está. Los amigos viven lejos o las reuniones se hicieron menos frecuentes.

Entonces puede ocurrir una situación paradójica: alguien vive en un edificio de cien apartamentos y puede pasar días prácticamente solo, tiene personas arriba y abajo, y al otro lado del corredor. y sin embargo, su experiencia cotidiana puede parecerse bastante a la de alguien viviendo aislado en una montaña.

No porque los demás sean indiferentes, muchas veces simplemente porque nunca se creó el espacio para conocerse.

Quizás esa podría ser una nueva responsabilidad —o, mejor aún, una nueva oportunidad— para administraciones y comunidades residenciales.

No administrar únicamente metros cuadrados, también facilitar conexiones. No mediante actividades obligatorias sino creando posibilidades.

SE podría preguntar qué intereses existen entre los residentes.

Lectura.

Caminatas.

Fotografía.

Música.

Conversaciones sobre tecnología.

Cine.

Emprendimiento.

Jardinería.

Historia.

Seguro aparecerían pequeños grupos y no sería necesario que todos participaran, una comunidad no necesita que cien personas hagan lo mismo, a veces empieza con cinco.

Lo importante es que exista la posibilidad de encontrarse, porque la palabra social se utiliza con enorme facilidad en la arquitectura.

Área social.

Zona social.

Salón social.

Pero un sofá, una mesa, un gimnasio o una terraza no son sociales por sí mismos.

Lo social aparece cuando hay conexión entre personas, tal vez necesitamos comenzar a medir la calidad de nuestros edificios también de otra manera.

No solamente por sus acabados, ni por el tamaño del gimnasio, tampoco por el número de parqueaderos o la vista desde la terraza.

También podríamos preguntarnos:

¿Aquí las personas se conocen?

¿Existen canales de comunicación amables?

¿Hay oportunidades para encontrarse?

¿Alguien que se siente solo podría descubrir que, a veinte metros de su puerta, vive otra persona que también quisiera conversar?

Un edificio puede ser una colección de apartamentos o puede convertirse poco a poco en una comunidad.

La diferencia probablemente no estará en el concreto, en el vidrio ni en los metros cuadrados de sus áreas sociales, estará en algo que cuesta mucho menos construir, pero que puede terminar siendo infinitamente más valioso: los vínculos entre las personas que viven allí.

Agradezco los aportes y comentarios a:

conocermedespuesdelos50@gmail.com

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