Por Evo Matrix www.elmuellecaribe.co

Toda canción nace dos veces.

La primera, cuando alguien la escucha dentro de sí, mucho antes de que exista un pentagrama. La segunda, cuando encuentra un pueblo dispuesto a hacerla suya.

Entre esos dos milagros —el íntimo y el colectivo— hay un puente invisible llamado derecho de autor.

Hace ochenta años, un puñado de soñadores decidió construirlo.

Era el primero de junio de 1946. Colombia todavía aprendía a nombrarse entre montañas, ríos y heridas. Pero, en un rincón del antiguo Teatro Municipal, un grupo de compositores, dramaturgos, escritores y artistas entendió que el país también debía aprender a respetar aquello que no podía tocarse: una idea, un verso, una melodía.

No levantaban una empresa… Levantaban una causa.

Convocados por el maestro Jorge Olaya Muñoz, aquellos hombres sembraron la semilla de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia. Aprobaron sus estatutos, eligieron como primer presidente a Antonio Álvarez Lleras y dejaron escrita una promesa que el tiempo convertiría en institución. Dos meses después, el 14 de agosto de 1946, la Ley 86, impulsada junto al presidente Alfonso López Pumarejo, le otorgaría existencia jurídica a aquella utopía llamada Sayco.

Ochenta años después, la historia demuestra que algunas utopías sí sobreviven.

Porque proteger una canción no consiste únicamente en recaudar derechos.

Consiste en defender la dignidad de quien convirtió el silencio en música.

Cada acorde colombiano tiene detrás una madrugada de dudas. Cada coro nació antes como una hoja en blanco. Cada himno popular fue, alguna vez, el secreto de un compositor que ignoraba si alguien más lo cantaría.

La música suele llevarse los aplausos… El autor, muchas veces, permanece detrás del telón… Por eso nació Sayco.

Dentro de sus actividades, Sayco desarrolla una publicación y plataforma informativa que tiene por propósito destacar eventos, festivales, conciertos y ferias de gran importancia en el país, gracias a lo cual resalta el talento de los compositores y músicos colombianos… Es una agenda que anuncia para el miércoles 8, concierto “The Mills”-20 Años, en Movistar Arena-Bogotá, a partir de las 7:00 de la noche… Para el viernes 10, el concierto “Tolú Jazz Quintet”, en el teatro Cajamag Pepe Vives Campo de Santa Marta, a partir de las 7:30 de la niche… Y  para el sábado 11, “Noche de cantores del Rio”, en el auditorio Fabio Lozano de Universidad Jorge Tadeo Lozano-Bogotá, a partir de las 4:00 de la tarde.

Para recordar que detrás de una cumbia existe un creador. Que detrás de un vallenato habita una historia personal. Que un merecumbé, un bambuco, un porro, un vallenato, un currulao, una cumbia, un pasillo o un bolero no aparecen por generación espontánea: nacen de una sensibilidad que merece respeto, reconocimiento y justicia.

Inspirada en el modelo de la CISAC, la gran comunidad internacional de sociedades de autores, Sayco comprendió desde sus primeros pasos que el talento no podía quedar indefenso frente al éxito de sus propias obras.

Y durante ocho décadas ha acompañado la transformación de la música colombiana sin dejar de proteger aquello que nunca cambia: el derecho de crear.

Han cambiado los discos de acetato por las plataformas digitales.

Las victrolas cedieron su lugar a los algoritmos.

Los escenarios crecieron, los públicos se multiplicaron y las canciones comenzaron a viajar por el mundo a la velocidad de un clic.

Pero ninguna inteligencia artificial ha conseguido reemplazar ese instante misterioso en el que un ser humano escucha una melodía que todavía no existe.

Ese instante continúa siendo sagrado.

Alegoría musical

Por eso, la celebración de los ochenta años no se limita a una fecha en el calendario. Sayco decidió recorrer su propia memoria. Lo hace mediante documentales que rescatan su historia y, sobre todo, visitando a los compositores en sus propios hogares para agradecerles en vida aquello que tantas veces el país canta sin detenerse a pensar quién lo escribió.

Hay homenajes que llegan demasiado tarde. Estos, por fortuna, todavía tiene destinatarios.

Quizá esa sea la mejor noticia de este aniversario, porque las instituciones cumplen años, las canciones, no.

Ellas desafían al tiempo. Sobreviven a los gobiernos, a las modas y a las generaciones. Permanecen cuando ya nadie recuerda el día exacto en que fueron escritas. Siguen abrazando nostalgias, inaugurando amores, despidiendo ausencias y celebrando victorias.

Y mientras exista alguien capaz de convertir el silencio en una melodía, Colombia seguirá necesitando una casa que proteja a quienes escriben el alma sonora de la nación.

Ochenta años después, Sayco no celebra únicamente su historia. Celebra una certeza.

Que un país no se mide solamente por sus carreteras, sus estadísticas o sus edificios. También se mide por las canciones que lo sobreviven.

Porque hay patrias que se escriben con tinta. Y hay otras —las más profundas— que se escriben para siempre sobre un pentagrama.

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